Misión Los Santos Cinco Señores en Cusárare
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A 25 kilómetros al sureste de Creel, tomando la carretera a Guachochi, se encuentra la comunidad de Cusárare que, además de contar con paisajes naturales de impresionante belleza, alberga el edificio de La Misión Los Santos Cinco Señores y con él, un trozo de la historia de la presencia evangelizadora de los jesuitas en Chihuahua. Anclada entre las diversas formas rocosas que abundan en el entorno, el edificio –construido a mediados del siglo XVII- se erige como una muestra del pasado que se resiste a desparecer y que además, deslumbra con su grandeza.

Según datos proporcionados al visitante, la misión de los “Santos cinco señores” fue un pueblo de visita del dulce nombre de maría en Sisoguichi en 1744. Inicialmente esta misión fue dedicada a la familia terrenal de Jesús, incluyendo a sus abuelos Ana y Joaquín.

Según Clara Bargellini, el cambio en el nombre de la misión, es posible que tenga relación con la ocupación de los frailes franciscanos del Colegio de la propaganda FIDE de Guadalupe en Zacatecas quienes la convirtieron en puesto misional a partir del año 1820, la cual fue administrada por los franciscanos de Jalisco. 

El templo, conocido por una serie de doce pinturas que narran diversos episodios de la vida de la virgen, es pues parte fundamental de la Misión y ha sido objeto de restauraciones diversas a lo largo del siglo pasado –en 1972-1973- así como visitado por personajes como el nuncio apostólico Christopher Pierre en el 2011 de lo cual ha quedado huella en sus muros. 

En su interior, el tiempo se detiene. El Techo atravesado por vigas de madera, parece tan alto e inalcanzable como el cielo mismo; el piso por su parte, conserva sus características originales y a pesar del paso de los años, no exhibe deterioros importantes. 

El blanco de las paredes se viste con el color marrón de las pinturas decorativas con motivos indígenas y aloja, sin rubor alguno, el cristo herido en la cruz de madera mostrando con ello la grandeza de la humildad al igual que el templo en su conjunto. El mobiliario es escaso y rústico. A la derecha de la entrada principal, las escaleras de madera llevan a la parte alta, donde se ubicaría el coro. Desde allí, puede mirarse todo. Al final, en el altar, la imagen de la virgen de Guadalupe sobre la bandera de México, vigila discretamente a su hijo crucificado. El silencio lo envuelve todo. 

A un lado del templo se encuentra el Museo Loyola de Arte Sacro -atendido por los tarahumaras- y que resguarda cuadros del pintor colonial Juan Correa, mismos que en algún momento fueron robados y luego recuperados por la intercesión del sacerdote Luis G. Berplancken. 

Su arquitectura resulta interesante ya que, según los expertos, fue edificado por los tarahumaras con piedra y adobe sobre las bases de un viejo convento. En su interior se exhibe una exposición permanente de 45 pinturas de arte sacro de los siglos XVI al XVIII.  

El museo fusiona el arte sacro jesuita con la cultura tarahumara. Un tesoro pictórico de más de cuatro siglos de historia resultado de la recolección de obra en misiones cercanas. El complejo conserva gran parte de la arquitectura original y en su interior resguarda la belleza pictórica de dos culturas.